Una comedia conradiana


En su reciente biografía intelectual del novelista Joseph Conrad, Maya Jasanoff argumenta que Conrad fue, ante todo, un perspicaz cronista de la globalización, que sus novelas examinan minuciosamente las consecuencias morales y económicas de un mundo interconectado, y los cambios ocasionados por el telégrafo, los barcos a vapor y las diferentes tecnologías que, a finales del siglo XIX, acercaron a todas las gentes del mundo. 

En palabras de Jasanoff,

En todos sus escritos, donde fuera que ocurrieran, Conrad lidió con las ramificaciones de vivir en un mundo global: las implicaciones materiales y morales del desarraigo, la tensión y las oportunidades de las sociedades multiétnicas, la ruptura causada por la tecnología. En un desafío implícito a la idea de Occidente de libertad individual, Conrad creía que nunca podemos realmente escapar a las restricciones impuestas por fuerzas superiores a nosotros mismos, que incluso los más libres están encerrados en lo que suelen llamar destino. 

En su novela americana (que es también su principal novel política), Nostromo, Conrad despliega su proverbial pesimismo. La inestabilidad política parece determinar o restringir decididamente las vidas de los habitantes de la república ficticia de Costaguana: “las causas fundamentales las mismas de siempre, enraizadas en la inmadurez política del pueblo, en la indolencia de las clases altas y la cerrazón mental de las bajas”. Nostromo es, si se quiere, una crítica a los límites del desarrollo basado en el bienestar material, a las trampas del capitalismo del siglo XIX. 


La novela Mar de Leva de Octavio Escobar Giraldo vuelve sobre el mismo escenario conradiano más de un siglo después con el propósito (implícito, digamos) de componer una renovada crítica a las trampas del capitalismo y la globalización del siglo XXI. “Todos tomamos el té a las cinco, leemos el New York Times y usamos ropa Armani”, dice sin ironía una de las protagonistas. 

En Sulaco, escindido de Costaguana ya por muchos años, el contexto decimonónico es historia. La antigua mina de plata se convirtió en un parque de diversiones, los antiguos conventos de clausura fueron transformados en hoteles, los viejos edificios públicos pasaron a ser centros comerciales, los animales están ahora embalsamados en los restaurantes y el turismo sexual es un importante reglón económico. En fin, la globalización convirtió buena parte de la economía de Sulaco en una suerte de disneylandia decadente y transformó a sus habitantes en empleados de las industrias del entretenimiento: meseros, bailarines, músicos, prostitutas, etc. 

En la novela, en un sentido claramente conradiano, las fuerzas de la globalización están por encima de las esperanzas y deseos de las personas, de los distintos protagonistas que parecen puestos allí para representar los extravíos del capitalismo de estos años inciertos en estos países tropicales. Humans of late capitalism, los llama una cuenta de Twitter: esos son, en mi opinión, los protagonistas de esta comedia conradiana (si cabe la contradicción). Los invito a leerla. De vez en cuando vale la pena mirarnos en el espejo de nuestras propias faltas.

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