Coincidencias

Llegué al aeropuerto temprano. Tenía una presentación en la feria del libro de Cali y no quería correr riesgos ni pasar apuros. Esperé tranquilamente casi una hora sin los afanes y agobios de mi vida previa.

Ya en el avión hubo un pequeño retraso. Una conmoción menor. Oí que llamaban insistentemente a un pasajero que nunca llegó: "Roberto... favor presentarse a la cabina". Mi indiferencia, me doy cuenta ahora, omitió el apellido.

Aterrizamos en Cali. El conductor que debía recogerme llegó media hora tarde, exasperado, quejumbroso del tráfico y la vida. Tenía dos carteles escritos a mano, uno de ellos con mi nombre. Salimos hacia el carro, una camioneta blanca. El seguía preocupado, ansioso. Se subió y se bajó inmediatamente. Comenzó a caminar de nuevo hacia la salida de vuelos nacionales. "Falta alguien que venía en el mismo vuelo", me dijo. Vi que el otro cartel decía "Roberto...". No alcancé a leer el apellido.

Después de varios minutos regresó resignado. "Vamonos, yo no vi a nadie más esperando", le dije. Salimos. Su teléfono no paraba de sonar.  Alguien preguntaba insistentemente por Roberto. "No llegó", decía el conductor. La llamada y la respuesta se repitieron tres veces. "Averigüe el celular de Roberto", dije en un intento por apaciguar el conflicto en ciernes.

Llegué a mi destino. El conductor seguía preocupado por el pasajero ausente. "Nunca apareció el otro señor, Roberto Burgos", explicó de manera defensiva. Andrés Grillo de Planeta, quien estaba allí, inquieto por la tardanza, consciente ya del problema, aclaró el sentido de la tragicomedia: "Roberto Burgos murió hace unos días". La vida parecía no resignarse a su ausencia, pensé. Uno sigue viviendo por un tiempo en las bases de datos, en la logística del mundo, en carteles y parlantes. En fin, la inercia de las cosas.

Hace un mes largo llegamos juntos a la Feria del libro de Bucaramanga Jorge Orlando Melo, Mario Mendoza, Roberto Burgos y yo. La logística funcionó aquella vez sin tropiezos. Ese día lo vi por última vez. Nunca coincidimos. Me habría gustado conversar con él. Oir sus historias. Empaparme de su sabiduría. No pude. Nuestra cita inesperada nunca fue. Me quedó esta historia de fantasmas y ausencias. Así es la vida. Nos regala algunas coincidencias como consuelo.

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