El Adiós de Facundo

Facundo Cabral fue un hombre de bienvenidas. Pero también de despedidas. Hace diez años, cuando comenzó a presentir que estaba transitando el último tramo de su vida, empezó a despedirse de su público en los conciertos, como quien piensa que no va a volver, pero también con la secreta esperanza del retorno. Así, tentando a la muerte, la iba distrayendo hasta que aparecía de nuevo en los mismos sitios, pero por otros caminos, "porque lo seguro ya no tiene misterio", como decía en sus sermones acompañados de guitarra, que eran como una forma de refrescar la memoria, de tiempo en tiempo.
La última gira por ciudades colombianas la llamó "Adiós" y esta vez, la muerte le tendió una trampa para que fuera realidad. Sucedió en la madrugada del sábado 9 de julio en Ciudad de Guatemala, cuando se dirigía al aeropuerto internacional La Aurora con la intención de seguir su carrera de nómada del mundo. Este hombre, que amaba la paz, murió de una manera que ni él ni quienes seguíamos su vida de predicador errante imaginamos alguna vez que podía suceder: acribillado a balazos por un grupo de sicarios. A Facundo lo alcanzó el silencio que añoraba, aunque no dejó de compartir su mensaje hasta el último momento. El mismo mensaje que seguirá sonando en la memoria, a pesar de las balas asesinas.


Hasta siempre, FacundoPor Teresa Rueda Forero y Pablo Emilio Buitrago*
De él se ha dicho de todo. Que es un vagabundo de primera clase. Que es un ángel sin escrúpulos. Un ciudadano del mundo que nació por accidente en Argentina. La versión divertida de la Enciclopedia Británica. Un tipo que todavía no sabe quien va más lejos: si la montaña o el cangrejo. El Woody Allen cristiano. El apóstol número trece de Jesús. Predicador de alcantarilla. Místico carnal. Anarquista. Médico del alma.
Él prefiere que lo llamen simplemente Facundo. Moderadamente argentino y exageradamente Cabral. El hijo de Sara. El inventor de sí mismo. Es un juglar moderno que piensa en voz alta ante el público, acompañado de una guitarra, y cuando se descuida termina cantando.
Ahora Facundo se está yendo. Y ya comenzó a despedirse. A su manera. En cada uno de los conciertos que le sirven de excusa para reencontrarse con las caras amigas, con las ciudades amadas. Lo hizo en Bucaramanga y en Cartagena, donde participó del cuarto brindis por los Niños de Papel, la obra del Padre Manolo que rescata en Colombia a los niños de las calles.
“Yo ya hice lo mío, más no puedo hacer”, dice Facundo Cabral, aunque secretamente sabe que en ese desandar que se ha propuesto le queda mucho camino. Al fin y al cabo, son más de cien países. Es como una trampa: el vagabundo que se despide, tendrá que seguir siendo vagabundo para desandar lo recorrido. Siempre, con una esperanza contra el olvido. “Creo que van a quedar algunas cosas mías en alguna gente, sí”.

Canción de vida
Desde los 17 años, cuando nació de nuevo a la vida por otro vagabundo que le enseñó el Sermón de la Montaña, son 47 años de andar cantando con los ojos bien abiertos. Tan abiertos que la mirada se le fue gastando en la contemplación de las maravillas del mundo y con el tiempo tuvo que usar gruesos lentes oscuros. “Yo veía como un animal, yo me gasté la vista. Veía todo. Si no he sido pintor ha sido por casualidad”, comenta.
Ahora, cuando sus ojos se quedan sin luz y parecen salirse de sus órbitas, la luz de su corazón se hace más intensa, tanto que llega a decir que muchas broncas del pasado no valían la pena. “El amor que siento por Colombia me autoriza a hacerles la misma pregunta que me formuló mi madre antes de morir: ¿Cuándo van a dejar de pelear para empezar a vivir? ¡porque no se pueden hacer las dos cosas a la vez!”.
Alguna vez estuvo tentado de abandonar su vida errante y anclar en San Andrés o en Providencia, donde pensaba crear un lugar de reunión, especialmente dirigido a los niños. “Hubiera invitado a gente de todo el mundo que para mí es inevitable conocer”, afirma. Pero su alma nómada fue más fuerte que sus momentáneos sueños sedentarios.
Admira la alegría de los colombianos, a pesar de tanta violencia. “Tampoco la violencia es una exclusividad de Colombia, la violencia es mundial. Lo que pasa es que de Colombia solamente se habla de las cosas más duras que pasan, en otros países se cuidan un poco más; son más cuidadosos en eso”, aclara.
Como Víctor Heredia, piensa que una canción no puede parar una bala, pero sí puede evitar que el hombre llegue a la situación extrema de una bala.
“Yo no puedo parar una bala, pero puedo evitar que el muchacho sea un soldado más, dispuesto a matar, eso sí. Creo que cualquiera que me escuche difícilmente está en la violencia. Y cuando digo soldado no estoy hablando de uniforme, porque hay gente que se esconde en el anonimato y no tiene un uniforme y sin embargo ama la violencia y quiere matar a cualquiera, porque realmente se odia. Un tipo que se quiere no puede matar a nadie, es más, va a cuidar la preciada vida de los demás. Yo canto por la vida, no por la muerte”.
Él mismo se siente salvado por la canción. “Yo hubiese sido mucho más violento si no me hubieran parado los tipos que me hicieron escuchar con sensatez algo muy directo como la canción de Yupanqui”, dice.

Testimonio que salva
Facundo Cabral nació en La Plata, Provincia de Buenos Aires, el 22 de mayo de 1937. Su padre Rodolfo abandonó el hogar cuando él era apenas un niño, lo que obligó a su madre Sara a emigrar con sus hijos a Tierra Del Fuego, sur de Argentina. Según su propio relato, cuatro de sus siete hermanos murieron de hambre y de frío. Creció como un niño marginal. Tuvo problemas de alcoholismo y estuvo recluido en un reformatorio.
A sus 14 años, un Jesuita le enseñó a leer y esa fue su primera tabla de salvación. Luego, a los 17, conoció a Simeón, el viejo vagabundo que además de enseñarle el Sermón de la Montaña, le hizo ver que él era un “Príncipe” porque era hijo de Dios, que es el “Rey” del universo. Y los hijos del Rey son Príncipes. De ahí en adelante emprendió su propio camino de búsquedas y hallazgos. “Era bastante pretencioso”, confiesa: “intentaba comprender a Kierkegard y leía la poesía de Whitman”.
El mensaje de sus canciones –“Aquel que trabaja en lo que no ama, aunque lo haga todo el día es un desocupado”-, su humor –“Ella dice que no puede vivir sin mí y yo la comprendo porque yo tampoco puedo vivir sin mí”-, su sabiduría –“San Francisco de Asís tenía una de las fórmulas de la felicidad: Deseo poco, y lo poco que deseo, lo deseo poco”- retuvieron en la vida a varios suicidas y ha sido la última gota que ha rebosado copas colmadas con vidas listas para despertar.
“Yo no subo al escenario a dar un ejemplo, ni quiero ser un líder, ni que la gente diga este tipo es maravilloso y luchó con su vida, no; yo simplemente doy un testimonio. Inevitablemente después sí es útil a mucha gente. Yo lo veo; si vas al camarín después de un concierto vas a ver gente que llega detrás y me dice ‘yo no me suicidé por usted’ o ‘yo dejé la droga escuchándolo a usted’. Eso lo escucho todos los días”, revela Facundo.

"Si se calla el cantor..."
El cantor se está despidiendo y al hacerlo es víctima de sus inventos. Él dijo: “En mi caso, si se calla el cantor no pasa nada” y tal vez tiene razón, si se calla Facundo... pues seguirá resonando su voz en el recuerdo porque cuando alguien logra hacer sonreír y reír a sus semejantes, cuando logra tocar esa fibra delicadísima del humor, libera inmediatamente del miedo y de todas las miserias afines.
“¿Vos crees que si se calla Guaraní el mundo se cae? Se murió Gardel ¿se murió el tango? Un día de estos no va a cantar más Julio Iglesias, ¿qué crees que le va a pasar al mundo?, nada. Hubo un Apocalipsis, ¿qué pasó?. Nada. Acá el que manda es Dios, lo que importa es que siga el planeta, la galaxia y el universo funcionando. Nosotros estamos de paso. Ese ratico ¿podés hacer algo?, no. Pero tampoco se trata de hacer sino de ser pleno. Dios no espera que hagas, yo no puedo hacer algo mejor que una mariposa, no me puedo hacer a mí mismo. Puedo cantar una canción, compartir con la gente, ser una buena persona porque me conviene, porque cuanto mejor persona soy, más sano soy”.
Por eso no tiene afán. Se despide de a poco, dando las gracias al público que siempre lo acompañó. “No me queda más que decir, en el último momento, gracias”. Al espejo que le devuelve su imagen cada mañana. “Sí, porque además yo llevo los últimos años viviendo de milagro. He estado muchas veces desahuciado, a mí me cuesta mucho vivir, para mí tiene un gran peso cada mañana”.
Un peso que se va haciendo liviano a medida que se acerca la hora del concierto y se encuentra de nuevo con los aplausos que reclaman su presencia. Manos anónimas que expresan la emoción del corazón y que aún no le conceden el derecho al silencio.
“Le pregunté alguna vez a Krisna Murti, un querido amigo y maestro, ¿hasta cuándo voy a cantar? Y él me dijo: hasta que te merezcas el silencio. Es decir, ahora que canto con ustedes, me parece que ya me merezco ese silencio que es estar todo el tiempo en la contemplación. Mi madre decía que en el silencio que continúa a la oración está la respuesta del Padre”.
A la hora de los balances, queda lo que se hizo, pero también lo que no se hizo. Como en el Testamento de Silvio. “¿Lo que no hice? No hice una casa, ¿qué te parece? Gran asignatura pendiente. Si hay un juicio, que no creo, Dios va a decir: Sentate ahí, dale un café acá al pibe. ¿Por qué no hiciste una casa? No Maestro, no... ¿Por qué no hiciste una casa? No, que quería conocer todo el planeta que Usted hizo tan fantástico... ¿Por qué no hiciste una casa? Seguro. Esa es una de las cosas”.
Lo que Facundo no sabe es que sí hizo la casa. No de ladrillos, sino de palabras. Sin cemento, pero con canciones. Con ventanas abiertas a la esperanza. Con un techo cubierto de alegría “que es el punto más alto de la fe”. Con puertas de par en par para la libertad. “La libertad la tenés que ganar a cada acto del día, cada día”. Una casa habitada de caricias, esas que lo empujan al adios definitivo. “Uno habla cuando no tiene a quien acariciar”. Una casa en la que por fin será sedentario y que habitará con otros seres que siguen vivos, aunque a veces se hacen los muertos.
Hasta siempre, Facundo.

*Publicado en agosto de 2001 en la Revista Contexto de Bucaramanga.

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