Brechas generacionales

En los últimos años he ido coleccionando apuntes sobre diferencias generacionales que he ido encontrando por el camino. Una que sobresale es la de dos jóvenes que escuché charlando en un avión en la que uno le comentaba al otro: «¿Sabías que el papá de Enrique también era cantante?», si bien me sentí un poco más cercano a ellos cuando se lo comenté a algunos amigos de mi edad y algunos me preguntaron: «¿Cuál Enrique?».

Ayer agregué una nueva entrada a mi colección: a una joven bogotana que no conoce la palabra castiza equivalente para stand-up comedian le pregunté que si había escuchado a humoristas como Montecristo o la Nena Jiménez, que si la memoria no me fallaba fueron los pioneros en ese campo en Colombia, mucho antes de que el espanglish se impusiera y los rebautizara como stand-up comedians. Me confesó que no sabía quiénes eran Montecristo o la Nena Jiménez.

Cuando los jóvenes en el avión afirmaban desconocer quién era Julio Iglesias, yo me remonté a mi infancia y temprana adolescencia, cuando en un acto de amor que vencía con gran dificultad a mi pudor, iba a las tiendas de música a comprarle el último álbum de Julio Iglesias a mi mamá por su cumpleaños, eso sí siempre solicitando que por favor lo empacaran de regalo que era para el cumpleaños de mi mamá. Un perverso no se aguantó las ganas y me dijo: «Igual te lo empacamos si es un regalo para ti mismo». Creo que también podré empezar mi colección de grandes sonrojadas con esta anécdota.

Como la que compartí hace poco con M, una de mis grandes tragas del colegio. Le comenté que recordaba que ella hacía siesta en clase con Diana Uribe (a Diana le parecía excelente que los estudiantes fueran libres en todo momento y que sintieran que no era una obligación aprender filosofía), a lo que ella con cierto pudor me respondió que no recordaba que siempre fuera así, que había disfrutado mucho las clases con Diana, en especial cuando analizábamos películas como Blade Runner o The Wall. Atrincherado en la defensa de mi edad actual, décadas después, le comenté que seguramente la recordaba así porque mientras ella dormía yo podía apreciar su belleza sin afán alguno, salvo que eso sí, me perdía del contraste de sus ojos verdes con su piel morena y su sonrisa blanca. Hecha esa confesión, mi trinchera etaria no sirvió de nada: me sonrojé como hacía rato no me sucedía.

Mejor de vuelta a los jóvenes del avión. Después de recordar el pudor con el que iba a comprar discos (o vinilos para mis lectores vintage) de Julio Iglesias, me quedé con un gran interrogante: «¿qué les regalan entonces a sus madres estos jóvenes millennials? ¿Enlaces a las canciones de Enrique o le harán una lista de reproducción con sus temas favoritos en Spotify?». Será mi próxima pregunta a mis amigas con hijos…


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