¿Déjenme sano o déjenos sanos?

En Colombia está ocurriendo un fenómeno poco común desde hace un par de años: ha aparecido un grupo que reivindica los derechos individuales y que hace ruido. Se trata de la llamada Dosis de personalidad, una “red de colombianos que defiende las libertades individuales”, y que se ha manifestado ya en varias ocasiones de manera pública. El grupo ha tomado como caso emblemático de su lucha, una oposición abierta a la criminalización del consumo de drogas, al punto a que su slogan “Déjenme sano” ha surgido como su canto de batalla en contra de las aspiraciones del estado (y en particular de la actual administración) de tratar a los consumidores de drogas como enfermos y criminales.

Antes que nada, lo primero que tengo que decir es que la iniciativa es muy valiosa, tan sólo por el simple hecho de que alguien se levante (¡por fin!) para defender las libertades individuales, en un país donde son cada vez menos populares. Pero además, el hecho de que lo que se defienda una cosa tan satanizada como el consumo de drogas, en una sociedad tan conservadora como la colombiana, es sin lugar a dudas valiente y notable desde todo punto de vista. También me gusta el estilo del grupo, su propuesta participativa, al igual que su uso de medios como Internet y los videos en Youtube. Es por ello que quisiera ofrecer una crítica constructiva al mismo.

La idea de esta crítica surgió de una discusión que tuve con una amiga sobre el grupo y el tema de la legalización de las drogas. Me decía mi amiga (partidaria de la legalización de las drogas), que lo que le preocupaba del mensaje que estaba enviando la “Dosis de personalidad”, era que se trataba de uno contradictorio. Lo que se estaba proponiendo en muchos de los vídeos que ha montado el colectivo en Youtube, según ella, no era otra cosa que la reivindicación para que pudieran “fumarse su bareto” y nada más. Ese mensaje es contradictorio, porque reconoce el derecho de los consumidores al mismo tiempo que no se dice nada sobre la venta de drogas. Es decir, el mensaje que se está enviando es que si bien es ilegal vender drogas, debe ser legal consumirlas ¿Pero como puede haber consumo sin venta (tráfico), se preguntaba mi amiga? Esto, según ella, además envía otro mensaje que es perverso, porque invita a violar una norma (la prohibición de comerciar con drogas); en últimas es otra invitación a pasarse por encima las normas en general según la conveniencia personal, problema generalizado en el país (como habrán adivinado, mi amiga es partidaria de Antanas Mockus).

Esta discusión con mi amiga tiene dos ramificaciones. La primera, bastante compleja, es la discusión sobre hasta que punto se deben obedecer leyes que se consideran injustas. Yo creo que violar la norma que prohíbe el consumo de drogas es violar una norma injusta y por ende creo que es una acción completamente legítima. Pero también reconozco que cualquier sociedad que aspire a funcionar (incluida una anarquista) debe cultivar un respeto por la norma, respeto que en un país como Colombia es muy bajo. Sin embargo, no es esta primera ramificación la que quisiera discutir en esta entrada, en tanto la discusión da para divagaciones bastante complicadas.

La segunda ramificación de esta discusión, que es la que me interesa tratar, es el enfoque que maneja “Dosis de personalidad”, y que creo está reflejado en su lema “déjenme sano”. Como lo decía mi amiga, a veces parece que el mensaje es “déjenme fumarme mi bareto tranquilo” y nada más. Por ello mismo no hay una preocupación por buscar la legalización integral de las drogas, sólo por el derecho a consumirlas. Un ejemplo de esto, según mi amiga, es la famosa sentencia de mediados de los años noventa (de autoría de Carlos Gaviria) que legalizaba el consumo de la dosis mínima, y que conllevaba a la ya mencionada contradicción de descriminalizar el consumo pero mantener la prohibición de la venta; esa sentencia es el modelo que parecen defender los miembros de la “Dosis de personalidad”.




El problema es que un esquema que se quede con sólo descriminalizar la prohibición al consumo, es que se siguen manteniendo las consecuencias nefastas de la “guerra contra las drogas”, que van mucho más allá de que a mi “no me dejen fumarme mi bareto”. Así, me explicaba mi amiga, cuando los consumidores (amparados en su derecho a consumir la dosis mínima), compran un bareto o un gramo de coca, siguen financiando una mafia y en buena media la violencia en Colombia (dado que los paramilitares y la guerrilla se alimentan del dinero de la droga).

Se puede discutir que la causa última de lo anterior no radica en el acto de comprar drogas, aún sabiendo que el dinero va a la mafia que maneja el negocio, sino a la misma guerra contra las drogas que es la que crea la mafia. De hecho, es lo que yo pienso. Pero creo que mi amiga tiene un punto en que la lógica de una descriminalización parcial (donde se legaliza una parte de la cadena, el consumo) sigue manteniendo el esquema nefasto de la guerra contra las drogas intacto con sus consecuencias, y hace que los consumidores sigan siendo parte del problema (y por ende, blancos políticos fáciles, ya que se les culpa de “financiar a la mafia”, cosa que han explotado bastante los uribistas en su discurso). Por ello creo que la descriminalización parcial del consumo es válida sólo si piensa tácticamente como un logro en la dirección correcta, no como el status quo que hay que mantener, como si fuera la situación ideal.

En últimas, el problema de la lógica de “déjenme sano”, es que es parte de un liberalismo que correctamente defiende los derechos individuales, pero piensa la cuestión desde un atomismo social ingenuo. La monstruosidad de la guerra contra las drogas no consiste únicamente en el hecho de que no nos permitan "fumarnos un bareto en paz", sino que el Estado se ha otorgado un poder inadmisible sobre los cuerpos y las decisiones de los individuos que cultivan y comercian drogas, no sólo de los que las consumen. Y la violación de esos derechos individuales de todos estos grupos de personas, se traduce en consecuencias mucho más graves que la restricción de las libertades individuales de los consumidores, ya que terminan creando un efecto perverso en todo el entramado social que no es otro que la mafia.

Por todo lo anterior me atrevería a sugerir que el lema no debería ser “déjenme sano”, sino “déjenos sanos”. En esta versión en plural me refiero a que hay que dejar sanos a los campesinos que cultivan las plantas de las que salen las drogas, los que la procesan en laboratorios y los que las vayan a vender, por muy políticamente incorrecto e impopular que suene la idea (valga la aclaración, no se trata de “dejar sanos” a los actuales mafiosos, sino aquellas personas que en un futuro comerciarían la droga dentro de un marco de leyes establecidas que regulen su venta y donde no se recurra a la violencia para mantener los nichos del mercado). La defensa de los derechos individuales es, como lo entiende un liberalismo de corte más aristotélico, una cuestión más integral de lo que está dispuesto a admitir el liberalismo más “moderno”.

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