En el lugar equivocado

La paz. Ese anhelo prolongado de los colombianos por vivir en paz. Pero, ¿qué es la paz? ¿la ausencia de conflicto? ¿vivir conformes con la realidad? Algo así entendió Belisario Betancur, que fue el primer presidente que llegó al cargo con la bandera de la paz, con la idea de cesar los conflictos armados, llevar a cabo reformas sociales y políticas que abrieran el espectro político a las fuerzas armadas de izquierda. En el período entre su elección y su nombramiento, Betancur viajó a Grecia con la intención casi mística de conectarse con los antiguos filósofos griegos y afinar sus ideas sobre la polis que quería para Colombia.

Cuenta Álvaro Mutis que un día García Márquez lo sorprendió con un viaje con todo incluido por Turquía para complacer su deseo de conocer Constantinopla. Mientras disfrutaban de la tarde en el Bósforo, García Márquez le preguntó: «¿Y entonces, cómo le parece?». Mutis le agradeció la invitación, pero le dijo que lo que él quería en verdad era caminar por la Constantinopla de antes de su caída en mano de los turcos el 29 de mayo de 1453. Como los griegos, Mutis se negaba a llamarla Estambul y recordaba con precisión la fecha de su pérdida a manos de los otomanos. Para él era muy claro que el presente no tenía nada que ver con ese pasado que revisitaba con frecuencia. Para Betancur, en cambio, ese choque con la realidad griega no fue evidente: regresó con una idea de la democracia que la realidad colombiana no demoró en destrozar.

Si Belisario abrió la puerta para que se constituyera la Unión Patriótica, las fuerzas de siempre no dudaron en empezar a asesinar a miembros del nuevo partido. Por mi edad entonces no podría haber votado por Jaime Pardo Leal, pero me parecía una maravilla que existiera esa opción política inédita en la historia del país y que hablaba de justicia social. Si Belisario seguía trabajando por la paz, la desaparición forzada seguía fortaleciéndose como práctica para destruir al enemigo comunista, en esa combinación peculiar del Estado de todas las formas de lucha. Ahora que las Farc están en la transición a la vida política no armada, podríamos ver que germinaron las semillas cultivadas por Betancur, pues dejó el diseño para lograr ese paso.

Pero sin duda, el choque más brutal con la realidad colombiana, fueron las dos tomas del Palacio de Justicia. Un episodio que sigue siendo materia de exploración (también en esta bitácora utópica). Después de los testimonios de Virginia Vallejo y el hijo de Escobar, se ha abierto una nueva hipótesis sobre la manera de actuar del Ejército colombiano. Al parecer, el M-19 pretendía hacer una toma pacífica para escenificar el juicio al presidente Betancur por lo que ellos consideraron el incumplimiento de los acuerdos firmados con él. Al financiar la operación, a Escobar lo que le interesaba era que ardieran todos los documentos que lo inculpaban, que para entonces ya ocupaban toda una sección del archivo del Palacio de Justicia. Cuando escuchó el plan del M-19 del juicio a Betancur comprendió que la desaparición de la evidencia no estaba muy clara y decidió filtrarle el plan de la toma, de manera casual según su hijo, a un oficial del ejército. Virginia Vallejo dice que al Ejército también le interesaba que ardieran archivos del Palacio de Justicia, no los de Pablo sino todos los que los incriminaban en casos de violaciones de los derechos humanos. A partir de ese punto, el Palacio estaba condenado a arder. El Ejército ideo la estrategia de La Ratonera, atrapar a los guerrilleros del M-19 y acabar con ellos a sangre y fuego, destruyendo de paso esos documentos comprometedores.

Se escuchó «¡Aquí, defendiendo la democracia, maestro!», esa célebre frase del coronel Plazas Vega, que pulverizó la idea de democracia que traía Betancur de Grecia. El Palacio en llamas, el ícono que representa la colisión de las fuerzas políticas en Colombia, el diálogo de sordos sobre qué significan paz o democracia, y la Justicia sacrificada por esa intolerancia para convivir con el otro.

¿Qué responsabilidad le cabe a Betancur en todo esto? Armero se candidatizó como respuesta de la naturaleza a esta pregunta: una tragedia que se pudo prevenir, pero que cuando estalló arrasó con todo. Si el Ejército hubiese optado por otra estrategia, si hubiese blindado el Palacio, el M-19 habría desistido de la Toma. Tampoco sabremos qué habría hecho Betancur en caso de ser informado. La Grecia actual le dijo a Betancur que estaba en el lugar equivocado, pero él insistió en perseguir las ideas platónicas. Desde la Bitácora Utópica lo despedimos entonces como un utopista más: la realidad se impone, pero no cesamos en nuestro (vano) intento por tratar de cambiarla, y como otro afectado del síndrome de don Quijote, que leyó a los clásicos griegos y quiso llegar de la mano de ellos a la paz en Colombia.


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